lunes, 3 de septiembre de 2012

La siniestra ambigüedad del bien



A estas alturas existen tantos comentarios y críticas sobre la última entrega de la saga de Christopher Nolan, The Dark Knight Rises (2012), que sería casi una metedura de pata de mi parte si intentara hablar de la película. Sin embargo, no puedo contenerme. Pese a considerarme un cinéfilo convencido, no soy un experto, como lo he dicho antes. Pudiera decir esta vez que la partitura de Hans Zimmer es colosal, que las actuaciones de Heath Ledger (Joker) y Tom Hardy (Bane) en la segunda y tercera parte de la trilogía, respectivamente, podrían llegar a considerarse dos monumentos a la gloria del cine moderno, y que Nolan ha sabido dirigir e interpretar con mano maestra la gran sinfonía de Batman como si se tratara de una tragedia sombría y sofocante, pero nada de esto podría servir de argumento para justificar lo que el público serio y el lector entendido llamaría una “crítica”.

No. Prefiero volver al terreno de una interpretación más bien personal, y decir que el Batman de esta década ha sabido tocar como pocas películas la fibra de una filosofía universal: la capacidad del bien para descomponerse hasta descender al inframundo del mal. Esta tesis constituye, desde mi punto de vista, el motivo conductor de las tres historias y el contexto en el que un filme destinado a convertirse en otra maravilla de efectos especiales, explosiones y coqueteos en clave de tecnología IMAX ha sabido regalar actuaciones tan complejas y oscuras, reflejos de una psique que resiste a contemplarse a sí misma ante el abismo. Algunos han querido reírse ante las comparaciones con la clásica serie de los sesenta o aún con las hilarantes obras de Tim Burton. En estos dos casos, Batman buscaba convertirse en un icono de la cultura popular de un tiempo, algo que consiguió hasta el cansancio con sus calzoncillos de bailarín o con una Ciudad Gótica en cartón piedra. Nolan es respetuoso de las fuentes del cómic, y pretende aquí deshacer el mito, desandar el camino, regresar al alma humana, regodearse con el reflejo miserable de lo que contemplamos. Desde este enfoque, su trilogía sabe asustar mediante el artificio hábil de mostrarnos las dimensiones de la siniestra ambigüedad del bien.

Por ello, me gustaría hacer mención de algunas imágenes sacadas de las tres películas para justificar mi argumento. La primera, de Batman Begins (2005): el descenso al pozo del niño Bruce Wayne. Aunque la historia nos cuenta que se trata de un accidente, que constituye la primera alusión a los murciélagos y del que Bruce es rescatado por su padre, aquí presenciamos un símbolo: la caída de la inocencia a las tinieblas, la primera inmersión del bien en la oscuridad. Batman es un héroe enmascarado; su lucha se fragua y desarrolla bajo la sombra. En ella viven los murciélagos, criaturas de la noche. Aunque nunca se pone en duda el altruismo del millonario Wayne, su personalidad oculta se esconde bajo el disfraz, con una voz distorsionada para no revelar su verdadero yo. El bien, en esta primera versión de su ambigüedad, se disfraza de una suerte de maldad-oscuridad para limpiar al mundo (Ciudad Gótica) de malhechores y mafiosos. En otras palabras, el bien se pone la máscara del mal para hacer más bien. ¡Qué trabalenguas!

La segunda imagen, de The Dark Knight (2008): la degradación moral de un personaje, el Joker, y su habilidad para descomponer todo lo que toca, plan llevado a su máxima expresión en su “proyecto social” en el que busca demostrar que todos podemos llegar a ser malos, obligando a los tripulantes de dos embarcaciones a elegir a sus víctimas en el diabólico juego de los explosivos. No es casual que Nolan clasifique la población de cada barco entre supuestos civiles inocentes y civiles juzgados culpables. La balanza de la justicia puede caer sobre cualquiera. Al final, el Joker se da cuenta de que no ha logrado que sus rehenes se vuelen por los aires entre ellos mismos, pero su gran triunfo es personificado en el emponzoñado Harvey Dent, el correcto y honesto fiscal de Ciudad Gótica. Harvey es obligado, empujado por el Joker para convertirse en un villano. Su apodo, Dos Caras, procede de una antigua ocupación en su carrera como funcionario, y en la película hace también alusión a su moneda de dos caras, con la que justifica su teoría de que todo hombre puede forjarse su propio destino. No obstante, pienso que en la doble cara de Harvey conviven, literalmente, el bien y el mal, el hombre y la bestia. El bien ambiguo disfrazado de maldad. Y es que en sus últimas horas, Harvey-Dos Caras busca hacer justicia y acabar con todos aquellos que, según él, causaron la muerte de Rachel, su prometida. Sus crímenes son, en parte, los de un justiciero. El bien que busca un pretendido bien a través del mal.

La tercera imagen, de The Dark Knight Rises (2012): la destrucción también moral, esta vez de un pueblo, de una ciudad. Según la filosofía del chavista Bane, los ricos deben devolverle a los pobres lo que les corresponde. Una justicia al estilo de los peores años de la Revolución Francesa envía, así, a la muerte o al exilio (otra versión de la muerte) a los privilegiados culpables de despojar a las masas de unos beneficios que son de todos. En esta suerte de socialismo anárquico y desbordado, la figura del tirano-mesías, Bane, pretende limpiar la humanidad de todo aquello que es ínfimo y mediocre. Al monstruo terrible no le tiembla el pulso para destruir y matar, para quebrarle a Batman su cuerpo y enviarlo al infierno. Su objetivo es claro: por el bien de la raza humana, una bomba debe destruirla para que haya un renacer, una nueva raza. La idea del renacimiento, aunque los medios descritos procedan de una maldad cruel y salvaje, también acaricia la imagen, la posibilidad de un bien supuesto.

En la saga de Christopher Nolan no vemos, entonces, una lucha del bien contra el mal, sino del bien luchando contra sí mismo y originando nuevas y peores versiones del mal. Es en esta original y terrible puesta en escena del discurso donde reside la grandeza de tres filmes que observo desde ya con la fascinación que producen las auténticas obras de arte. Espero no ser malinterpretado. Sólo pienso que la saga del último Batman expone como pocas veces se ha visto una nueva manera de reproducir la eterna lucha entre los dos conocidos polos que luchan y coexisten para siempre en el corazón humano.

*
 
La imagen, de Batman Begins (2005), fue extraída del blog John-likes-movies.blogspot.com. En este sitio, su autor desarrolla una feroz crítica contra el éxito de la trilogía de Nolan. Bien dice el refrán que habla sobre gustos y colores.


No hay comentarios:

Publicar un comentario